Opinión Yo tuve un vecino que desapareció

“A Antonio le quitaron la pensión porque no se enteró de que tenía que ir a un curso. Vivía en la calle y no tenía teléfono ni, evidentemente, dirección postal”.

Yo tuve un vecino que se llamaba Antonio, un hombre silencioso y concienzudo que llegó a acumular cuatro colchones, uno encima de otro. La humedad de la calle en invierno necesita más colchones que las princesas con garbanzo, y otros tantos edredones. Le bajábamos mantas en uno de esos gestos brutales que enternecen a las muchachas con alma de perlé y a los idiotas.

Antonio se acomodó en el hueco del número 124 donde antes había cerrado una agencia de viajes. Con el tiempo llegó a tener una estantería pequeña con una docena de libros, una mesita, un cuaderno, un boli y el cuadro de un payaso cuyo gesto recordaba a siniestras ilustraciones de colegio religioso.

Antonio era un hombre limpio. Se duchaba en unos baños públicos cerca de Plaza de Castilla. Al levantarse pasaba la escoba por el trozo de la acera que habían ocupado sus colchones. Quizás por eso, porque no parecía lo suficientemente pobre ni en absoluto miserable, los curas y las monjas de la iglesia de enfrente perdieron pronto su interés por él.

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Noviembre 15th, 2016